L u n a L l e n a .

L u n a  L l e n a  .
Eviterna Mi Vela De Armas Es....¡Por Tí O h L u n a L l e n a , Savia de Mi Corazón !

sábado, 28 de junio de 2014

A t s i p o t s o t u a .






                                  “Atsipotsotua”
                                  (Sé         Verla)        [A Mi Weir, Edgar Allan Poe]                                                      
   Diluviaba en la autovía. Cuando aquel coche paró próximo al ramal de Pamplona para recoger a la chica que hacía autostop, dio la impresión de que no la había visto bien y de que  casi la atropella. Se abrió la puerta del copiloto y la muchacha subió a bordo. El vehículo reanudó la marcha. Ella, cumpliendo la vieja norma consuetudinaria no escrita de los que viajan “haciendo dedo” por el mundo, comenzó a hablar para hacerle ameno el viaje al caritativo conductor, aunque de lo contenta que estaba por la que le había salvado, casi canta aquello de “Para ser conductor de primera, acelera, acelera..”  o bien  “Una sardina ¡Una Sardina! Dos sardinas ¡Dos Sardinas! Tres Sardinas ¡Tres sardinas!...¡¡Y Un Gato!!”
    -Muchísimas gracias, estoy un poco asustada porque esto parece un tsunami en tierra firme o el diluvio a espuertas. ¡Gracias, otra vez, a riesgo de ser pesada!¡¡Gracias, gracias!!
    La chica se animaba al calor producido por su propio vaho, dentro del habitáculo era todo un poco gélido. Serían las ocho de la tarde -La Hora Bruja, según los cuentos de viejas- y aunque a finales de Mayo hay luz solar todavía, no se veía nada del exterior por la cantidad de agua que Dios precipitaba desde los abismos de par en par del cielo. El hombrecillo que guiaba el vehículo por el caos atmosférico, ni se meneaba a un lado u otro, pendiente de la escasa luz de sus faros sobre los regatos descomunales de la autovía. De hecho parecía una noche de esas propias de los países nórdicos, y todo era irreal. La muchacha prosiguió ante el silencio del conductorcillo sin prestarle atención.
    -Me llamo Saxony; es que mis padres son americanos, afincados desde hace cuarenta y cuatro años en España, aunque a día de hoy residimos en  Biarritz. Por eso no tengo acento, nací aquí.
    El coche avanzaba entre oleadas de agua que parecían salir de todas partes. El conductor no decía nada de absorto y preocupado como resultaba estar. La peligrosidad del temporal ceñía la carretera. La chica dijo:
    -Voy hacia  San Sebastián, espero que le venga bien –el hombre parecía confuso, apenas asintió con la cabeza- Sólo son nueve kilómetros, pero me saben a veintiuno ¡Tiene gracia! Aún lloviendo, no me ha parado nadie, y eso que voy hecha una sopa – decía la moza en tanto se secaba con una toalla que ponía “Mirinda” extraída de su mochila- No queda civismo. Y en esas, cuando creí que me recogería una ambulancia de la “Gurutze Gorriak”(La Cruz Roja) por la pulmonía que iba a cosechar, paró usted. Claro que luego, al entrar en el coche, pensé que no me había visto bien. Me recuerda a la leyenda urbana ¿Sabe? Me dije: Éste coche al principio, no se habrá sentido seguro, porque se me ve como a una aparición, tal cual dicen que era “La Chica de La Curva”, que hacía autostop, que siempre hay alguien que la recoge y al rato de circular un poquito, le dice al amable conductor eso de “¿Ve esa curva? Pues tenga cuidado, que ahí me mate yo.” En fin, ya le decía, si no llega usted a parar casi lo habría comprendido, porque un poco de miedo si que doy….
    Llegado este punto, Saxony se percató, valga la paradoja, de que la que estaba pelín nerviosa y medrosa, era ella, pues el pobre hombre al volante no hablaba de tan abstraído, y el frío ambiente del auto era de moderado desasosiego. Esta coyuntura la empujaba a hablar más, para no dejar entrar el silencio que estaba agazapado en el ojo del vórtice de la tempestad, que campaba a sus anchas en las carreteras circundantes del Leizarán. Pero poco importaba ya, avistaba San Sebastián (¡La Bella Easo!) y su “Skyline” desfigurado y borroso como una magdalena empapada en el contundente aguacero, a unos pocos kilómetros más.
    -Bueno-dijo la mochilera-Puede usted dejarme en las inmediaciones de la estación de autobuses. Ahí tengo alternativas.
    Sin embargo, el hombre paró antes el coche, y esto fue lo que dijo con voz cavernosa y rauca, en tanto Saxony bajaba:
    -Éste es el sitio adecuado para que se apeé, señorita. En la terminal de bus y sus aledaños no, son muy inseguros, pues fue por uno de esos chaflanes cuando hace años, haciendo autostop en un anochecer proceloso y húmedo igual que hoy, se me echó encima un coche que no me vio dejándome muerto en el acto y desfigurado el lado izquierdo de mi cara. En esta historia que hemos vivido juntos, todo es al revés de como ha sucedido siempre……
¡Sé verla!-musitó con melancolía y añoranza, y enmudeció.
    Saxony, patidifusa desde la acera, sintió calor bajo la lluvia- que de forma increíble remitía- sola y asaz espantada, como para que ni la piel se le erizase al ver despedirse al extraño automovilista y, cuando al girarse, observó el sanguinolento lado izquierdo y siniestro de su cara que era un amasijo de nervios y carne magullada. La última mirada de su ojo sano, era gris y triste, eterna en su dolor y su condena, y acaso con un mohín que deseaba ser cariñoso. Después, tras haber circulado un centenar de metros, aquel auto que venía del viaje más lejano, pareció fundirse con las postreras gotas de agua de la ciudad y licuarse también de forma transparente con las fachadas de los extrarradios , desapareciendo para siempre, mientras esperanzador, se gestaba El Arco Iris.
    Luego, ella miraba atónita a su través los indicios ectoplasmáticos, y conforme pasaban los segundos, hasta emocionada y enjugando alguna lágrima testimonial del abismal “Crack” experimentado en la linde de dos mundos que aquel anómalo día, habían hecho su intersección. Y se decía a la postre, lo que  Allan Poe  bajo la lluvia :

“¡Sombra!-grita airado-dime dónde se halla la tierra llamada El Dorado”

jueves, 26 de junio de 2014

A l i c i a .



Mi hijita Raquel, de buenas a primeras y sin proponérselo con empeño cierto, va y dibuja a vuela-boli a mi hijita pequeña Alicia. Como esta anécdota es bien telenda y La Gracia de Ellas más, quede aquí, pues, reflejado para La Posteridad.